La despedida: visión una joven venezolana

Soy periodista. No soy famosa, no salgo en televisión ni tengo un programa de radio. No tengo muchos seguidores en Twitter pero hoy sentí la necesidad de escribir lo que siento y que creo que es lo que muchos jóvenes sentimos hoy.

Hoy siento que Venezuela no me quiere. Hoy siento que mi país me bota a patadas y no quiere que viva en su tierra. Yo no soy rica, nunca lo he sido. Nací y me crié en Santa Mónica, estudié en un colegio privado de calidad promedio y estudié muy orgullosamente en la UCV. Con mucho esfuerzo, mi familia se encargó de educarme y hacerme creer que los sueño se cumplen si uno estudia y trabaja bastante.

Tampoco trabajo en ninguna transnacional ni un ente grande del gobierno. Trabajo en una oficina de 8 a 5 y gano 2 sueldos mínimos al mes. La canasta básica en mi país cuesta tres sueldos mínimos, y un alquiler en un sitio decente cuesta mínimo cinco. No sólo por esto siento que mi país me bota a patadas. Yo trato de entrar, lo juro. Trato de emprender, trato de ser creativa, trato de tener buenas ideas, trato de matar tigres, trato de rebuscarme, de quedarme. Amo sus playas, su gente y su música. No me como la luz y no ensucio. Y aún así, Venezuela no me quiere. Y les explico por qué: Porque aun si ganara 1000 sueldos mínimos al mes, mi vida corre peligro en cada esquina. Porque si me matan a mi, a un amigo, a mis padres, a mis primos, a mis vecinos un policía se va a reír y se va a comer una arepa en su escritorio en la morgue  y nadie le va a responder a mi mamá por su hija muerta.

Mi país me bota a patadas cada vez que mi mamá siendo empleada pública es obligada a ir a una marcha de un gobierno en el que no cree porque si no va “la botan”. Una mujer con muchos estudios encima y muchos libros en el coco.  Mi país me bota a patadas porque las dos veces que estuvieron a punto de matar a mi hermanita mi papá y su esposa tuvieron que pagarle a un malandro con un reloj. Porque eso es lo que vale la vida aquí. Porque cuando le dije a mi tío “revolucionario” que me han roto los vidrios del carro para robarme 3 veces en 6 meses me dijo que es porque yo tengo “mala suerte”, no porque la policía esté viciada, no porque la inseguridad está desatada, es porque yo soy una niñita con mala leche. Mi país me mastica y me escupe cada vez que me doy cuenta de que jamás en mi vida podré comprarme un apartamento, jamás podré tener un hijo y hacer una vida feliz y tranquila aquí. Mi país me vomita cada vez que un venezolano ataca a otro simplemente por querer estar mejor. Mi país me empuja hacia afuera cada vez que un “revolucionario” dice que la escasez, la inseguridad, el hampa, los asesinatos y todos los males que nos aquejan son culpa de otro, no nuestra. Mi país me ignora cada vez que un periodista es censurado o despedido de un medio por hacer la pregunta incómoda (Mis respetos a Vanessa Davies). Mi país me excluye cada vez que un organismo del Estado está al servicio del Gobierno, como si no supieran la diferencia. Mi país me bota cada vez que un alcalde, ministro, o alto funcionario ataca a un periodista. Mi país se burla de mi cada vez que algún alto funcionario hace un comentario homofóbico.  Mi país se despide de mi cada día que mi abuela tiene que hacer dos horas de cola por un pollo y cada vez que tiene que buscar en toda la ciudad insulina para su diabetes.

Estos son detalles al lado de las demás cosas que nos afectan: la situación de los médicos, el mal estado de las calles (en municipios de oficialismo y de oposición, porque hay ineptos en los dos bandos), fallas del alumbrado público, fuga de talentos cada día.

Y olvidemos quién gobierna. Porque el que sea que llegue tendrá medio país en contra. A mi no me importa quién gobierne y de qué color forre el país con tal de que me alcance el sueldo para comer y la calle sea segura para mi y para todos, con tal de vivir bien y vivir felices a pesar de pensar distinto. Es una cuestión de aptitud e ineptitud. Y es que NO nos quejamos. No le exigimos al que llegó al poder porque nosotros quisimos que lo haga bien. Y por eso hoy, yo y muchos nos despedimos. Porque es  muy difícil discutir con 7 millones de zombies.

Marialessandria Herrera

12/03/2014

eres-mi-maldito-karma

A una persona promedio le toma 17 meses y 26 días olvidarse de su ex. Según los estudios toma sólo 1/5 de segundo enamorarse. Las personas cuando caminan usan mas de la mitad de su tiempo soñando despiertos. Cuando te sonrojas tu estomago también lo hace. La pupila del ojo se extiende un 45% cuando ves a alguien a quien amas.

brunetterastagirl:

brunetterastagirl

Volvió a mi daaaaaaaaaash <3 que emoción.